Remitirnos a las fuentes más cercanas al hecho histórico, es parte del camino para conocer la verdad sobre los relatos que perduran por tradición oral.

Sin documentos que prueben si existió o no la papisa Juana o el papa Juan VIII,  leer lo que nos escribe Boccaccio en el siglo XV, en su Libro de las Mujeres Ilustres, sobre este peculiar personaje, es totalmente aconsejable.

Aquí os dejamos el texto, traducido al español actual desde el texto en latín del autor.



Giovanni Boccaccio, LAS MUJERES ILUSTRES

“De Mulieribus Claris” cap. 98, LA PAPISA JUANA, Obra del s. XV (1494)

Sobre la papisa inglesa Juana

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Juan, aunque por nombre parezca ser varón, sin embargo por sexo fue mujer. Su inaudita temeridad hizo que fuese famosísima en todo el orbe y recordada por la posteridad. Aunque algunos dicen que su patria fue Maguncia, apenas se sabe sobre su verdadero nombre. Aunque hay quienes dicen que se llamaba Gilberta.

Esto consta por el testimonio de algunos: siendo ella una doncella se enamoró de un joven estudiante; al cual dicen que amaba tanto que, dejando la timidez juvenil y el temor femenino, huyó a escondidas de la casa paterna, y cambiando de ropas y su nombre de joven, siguió a su amante.

Estudiando con él en Inglaterra, creyendo todos que era un clérigo, se consagró a Venus y al estudio de las Letras. De ahí, tras morir su joven amante, sabiendo ella el valor de su ingenio y atraída por la dulzura de la ciencia, reteniendo su ropa varonil, no quiso entregarse a otro hombre ni confesar que era mujer.

Todo lo contrario; aplicándose con tesón al estudio, hasta tal punto progresó en las artes liberales y estudios sagrados que era considerado superior a todos los demás. Y así, dotada de una admirable erudición, ya en edad madura, se dirigió de Inglaterra a Roma. Y ahí, enseñando el trivium durante algunos años, tuvo insignes alumnos.

Y ya que además del saber era apreciada por su singular honestidad y santidad, creyéndola todos un hombre, por eso, siendo conocida por muchos, al morir el sumo pontífice León V, fue elegida al papado en lugar del difunto por común acuerdo de los cardenales; y se llamó Juan, que si hubiese sido varón, hubiese sido el número VIII.

Pero ella, no temiendo ocupar la Cátedra del Pescador y participar, celebrar y administrar a otros todos los sagrados misterios, que a ninguna mujer le está permitido por la religión cristiana, ocupó por unos años el culmen del apostolado, y una mujer ejerció el vicariato de Cristo en la tierra.

En verdad desde lo alto Dios, apiadado de su pueblo, no soportó que una mujer retenga tan insigne puesto, presida a tal pueblo y lo engañe con tan infausto error. Y a esta, que osaba lo indebido y no se detenía, la abandonó a su suerte.

Por eso, persuadida por el diablo, que la había inducido y la mantenía en tan impía audacia, de modo que la que como particular había guardado una singular honestidad, elevada en tan sublime pontificado cayó en el ardor de la lujuria; y a ella, que había sabido fingir otro sexo mucho tiempo, no le faltó astucia para saciar su lujuria.

Pues de un paje, que a escondidas accedió al sucesor de Pedro y le rascó su ardiente comezón, ocurrió que la papisa quedó embarazada. ¡Oh crimen infame! ¡Oh invicta paciencia de Dios!
¿Qué pasó finalmente?

A esta, que por mucho tiempo había podido fascinar los ojos de los hombres, le faltó ingenio para ocultar este parto impuro. Pues, adelantándose inesperadamente el plazo, mientras desde el Janículo iba al Laterano celebrando una sagrada procesión, entre el Coliseo y la iglesia del Papa Clemente, sin ayuda de una partera, con dolor, dio a luz públicamente.

Arrojada de ahí a las tinieblas exteriores por los cardenales, por este fraude, con el que por tanto tiempo había engañado, excepto a su amante, a todos los hombres, murió la miserable entre llantos.

Para execrar esta obscenidad y continuar el recuerdo de su nombre hasta hoy, los sumos pontífices, al celebrar las rogativas con el clero y el pueblo, ya que execran el lugar del parto que está situado en medio de su itinerario, omitiéndolo, se desvían por vías apartadas y callejas, y así, una vez dejado atrás ese lugar detestable, retomando [su camino], acaban el itinerario que comenzaron.



Fuente de la traducción: APRENDE LATIN ONLINE

Explicación de la elección en la traducción escogida para el texto en
latín (obra original)

“arrojada a la tinieblas exteriores” equivale a condenada al infierno (Mt 8: 12; 25: 30).

“murió la miserable” también puede traducirse “partió ….”, pues el verbo “abiit” tiene ambos significados.

“entre llantos”, pero en varios textos aparece “cum fetu”, entonces sería “con el bebé”.

Nótese que he optado por la variante más conforme a la versión tradicional, es decir, que la papisa y su hijo mueren ahí mismo.

Sin embargo puede parecer que Boccaccio a propósito deja el punto ambiguo; y si tomásemos la segunda traducción, sea que se trate de “partió con llantos” o “partió con su bebé”, estaríamos ante otra variante de la leyenda, en la que la heroína no muere.

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